La pregunta por Dios

El 2015 comienza con nuevo contenido para nuestra página web. Esta semana tenemos el gusto de publicar el artículo de “La pregunta por Dios”, realizado por el alumno Bruce Wong Ajactle Santiago. Actualmente Bruce cursa el 4to semestre de la licenciatura y funge como presidente de la Sociedad de Alumnos. Sus áreas de interés son la ontología, epistemología, lógica, teodicea y antropología.

 

 

La vigencia de la pregunta por Dios

En la vida cotidiana el ser humano se enfrenta a problemas de diversa índole, no obstante, algunos de ellos son insignificantes en comparación con otros. Evidentemente no se compara la angustia de una persona que ha extraviado las llaves de su auto con la que experimenta aquella que ha recibido el diagnóstico de padecer una enfermedad incurable.

A lo largo de la historia, pero sobre todo en estos últimos años, se aprecia cómo es que el hombre ha sido interpelado por problemas existenciales, deseando encontrar un sentido a su vida, al sufrimiento y la muerte o tener respuestas acerca su devenir y su fin último. No se trata pues de cuestiones superficiales sino fundamentales, precisamente por eso en última instancia pueden sintetizarse en “la pregunta de las preguntas”, es decir, la pregunta por el fundamento mismo de toda la realidad, o a lo que la religión llama Dios.

Esta necesidad de fundamento para el ser humano se encuentra expresada desde tiempos muy remotos, los filósofos de la antigua Grecia lo manifiestan mediante la búsqueda del arjé, esto es, el principio originario de toda la realidad, pero muchos de estos pensadores coincidían en que se trataba de un elemento natural o inmanente al cosmos[1]. Posteriormente, con la introducción del pensamiento cristiano, los filósofos de la etapa patrística y medieval lo identifican con Dios y consecuentemente la cosmovisión es reinterpretada.

En efecto, la existencia de un Dios personal al modo como la religión cristiana lo presenta (que es creador del universo, trascendente al mismo y que no obstante es capaz de establecer comunicación con el hombre para revelarle su voluntad) es un hecho imprescindible para la perspectiva que el ser humano tiene de sí mismo y de la realidad en cuanto tal. De ahí que el cristiano, pues, encuentre su fundamento en Dios y a partir de él la realidad adquiera sentido.

No obstante, esta convicción en la existencia de Dios se pone en tela de juicio a partir de la Ilustración, siendo una propuesta ideológica que exalta al hombre motivándole a una revolución de pensamiento, reduciendo erróneamente el pensamiento científico a una dimensión cuantitativa, a lo verificable, lo mensurable (adquiriendo la connotación actual), esto se expresa en los siglos XIX y XX en el pensamiento positivista, materialista y cientificista, donde la pregunta por Dios carece de importancia. “Se quiere explicar el mundo excluyéndole; el hombre pretende “liberarse” de Dios, a fin de ser él mismo el dueño y Señor del mundo”[2].

De ahí que en nuestros días no es raro escuchar el término “ateísmo” que ya desde la etimología hace referencia a una negación, negación de un objeto cuya representación se está presuponiendo. Es evidente pues que el objeto negado por el ateísmo es Dios, mas es importante señalar:

“El ateísmo moderno (de los s. XVIII al XX) aparece y vive dentro del espacio cristiano. Así como toda la filosofía de la edad moderna tiene como trasfondo la fe cristiana, así sucede también con el ateísmo más moderno. Cuando niega a Dios, se está refiriendo al Dios de la fe cristiana.”[3]

Ahora bien, ¿los ateos poseen realmente motivos suficientes para negar la existencia de Dios?… al parecer no. Por un lado existen los “ateos teóricos”, aquellos que intentan justificar la inexistencia de Dios filosófica y científicamente; pero el querer eliminar a Dios por la vía filosófica parece ir en contra de la tradición que se ha gestado en mayor medida a lo largo de la historia y se acerca más a una motivación ideológica liberal, bien para exaltar la ciencia y el progreso (positivismo, materialismo, neopositivismo), bien para exaltar al hombre y su libertad (Feuerbach, Nietzsche) o bien para exaltar a la sociedad y la justicia social (marxismo). Todas ellas son teorías que en cierto modo han intentado encontrar la verdad para el ser humano o eliminar problemas sociales, pero definitivamente la vía y la solución no es eliminar a Dios.

Existen además, y quizá en mayor medida los “ateos prácticos” que emplean los pocos contrargumentos que han escuchado para excusar su relativización de la moral y pretender vivir como si Dios no existiera, pero esto parece más un capricho que una certeza con fundamento racional por parte del ateo.

Contrario a lo que muchos pudieran pensar hoy en día, sobre Dios como un tema anticuado, que sólo pertenece al campo religioso pero no al académico, está claro que los mayores pensadores de la historia, si bien se han tenido aportaciones a las diversas ciencias particulares, han reconocido la primacía de la pregunta por el fundamento, la pregunta por Dios. Peor aún es el caso de los que creen que el tema de Dios es un tema carente de importancia porque ya está superado.

Como se ha dicho, ninguna de las teorías ateas demuestra la inexistencia de Dios, a lo sumo pretenden justificar que no es necesario para dar explicación a algunos aspectos de la vida del hombre, sin embargo, si no demuestran la inexistencia de Dios y por tanto es válido pensar en la posibilidad de que exista, ¿será coherente a partir de esta existencia contemplar al mundo y concretamente al ser humano de manera aislada y desligada de su fundamento? La pregunta por Dios es una pregunta vigente tan sólo por el hecho de que existen razones antropológicas y existenciales, donde los umbrales de la ciencia se distinguen con más claridad. De hecho el tema de Dios se presenta al hombre como el más vital de su existencia y quizá, como el más digno de investigación y reflexión filosófica.

[1] Cfr. PANNENBERG Wolfhart, Una historia de la filosofía desde la idea de Dios, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2002, p.17
[2] CORETH Emerich, Dios en la historia del pensamiento filosófico, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2006, p. 279
[3] Ibid. p. 280
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